Centro de Profesionales de la Acción Católica "SANTO TOMÁS DE AQUINO" de Buenos Aires, Argentina.

22 de enero de 2017

PARA FORMAR HOMBRES Y APÓSTOLES: Pensar a dónde voy y a qué...

UNA LUCHA NO FÁCIL
EMPEÑARSE EN AHONDAR EN EL INTERIOR Y PLANEAR SOBRE LAS CUMBRES


Los Ejercicios Espirituales siguen siendo una tarea indispensable para re-ordenar la vida interior del hombre. 
La Encíclica MENS NOSTRA del Papa Pío XI (20 de diciembre de 1929) tiene una actualidad impresionante y explica con claridad meridiana la necesidad de los Santos Retiros.
Frente a la ligereza, irreflexión, disipación continua y vehemente, insaciable codicia de riquezas y placeres, debilidad y extinción en las almas del deseo de bienes más elevados, enredo, y servidumbre en las cosas temporales que impide a las almas levantarse a las Verdades eternas.
Aquí un resumen de la misma.
        

A QUIÉN VA DIRIGIDA LA ENCÍCLICA “MENS NOSTRA”

Esta Encíclica, escrita por el Papa Pio XI,  se dirige a todo el mundo —Urbi et Orbi— pero de un modo especial a los Obispos, guías y formadores del Pueblo de Dios y de sus conciencias. Está dirigida a quienes son capaces de profundizar y ascender en orden al espíritu y de proyectar o promover esa ascensión espiritual en todos los niveles.

Pero está dirigida con carácter especial al hombre de la sociedad moderna, cuya modernidad consiste en la búsqueda del mayor goce con el menor número de renuncias; para el hombre moderno superficial y vacuo, que asume como filosofía de la vida la superficialidad de su propia existencia.

La característica de este hombre moderno es la huida de Dios y luego de sí mismo. Muy pronto apagará la luz de la conciencia, dominado por el temor cobarde a una conciencia que llama y grita.

Este hombre moderno no es el que plasmó Dios. Este hombre moderno es hijo de la insensatez, dominado por constantes contradicciones, y cuya razón de ser parece estar encubierta en la palabra “nada".

Por desgracia el hombre de la mentira, de la vacuidad de la existencia es el hombre universal. Su raza no se extingue.

El Documento del Papa es un llamado a este hombre universal a quien quiere despertar de su sopor enervante y hacerlo volver a la seriedad de la vida, a la responsabilidad de la existencia; para quien vivir sea cumplir un destino, asumir una misión, responder con grandeza al don de la vida.

La voz del Papa quiere restaurar en el fondo de cada corazón la jerarquía de valores que han de ser vividos como una opción absoluta.

CÓMO REHACER AL HOMBRE

La riqueza y la grandeza del ser humano parten de su vida racional. La gracia lo inserta en Dios y en sus Misterios; hace del hombre partícipe de Dios.

Esta vida racional entra en juego mediante las potencias del alma: inteligencia y voluntad. Facultades o potencias que crecen con su actividad y hábitos propios, y se perfeccionan en la medida en que se dan y entregan a la Verdad y al Bien. Verdad y Bien que constituyen el absoluto de Dios.

Según el lenguaje bíblico el hombre que asienta su vida sobre arena, construye en vano. Construye sobre la mentira y sobre el mal. De este modo degrada sus potencias y se hace un hombre infrahumano, que vive en la pesada y lúbrica atmósfera de un submundo. Los hábitos malos esclerosan la conciencia, invierten a todo el hombre. Es difícil restaurar al hombre por cuanto al huir éste de sí mismo torna imposible su cambio interior.

Pero todo este proceso no acaba ni muere con el individuo. El área de la mentira y del mal se extiende y afirma, cristalizada en una civilización del confort, del placer, del hedonismo degradante, del pecado sin escrúpulo, de la moral permisiva hasta llegar a esta terrible transmutación de llamar mal al bien y bien al mal, a la mentira verdad y a la verdad mentira.

EL DIAGNÓSTICO

Para este hombre moderno Pío XI tiene un diagnóstico terminante y claro; diagnóstico vertido en palabras objetivas y concretas, diagnóstico ordenado a liberar al hombre de su fatal enervamiento. Y el diagnóstico es el siguiente: el mundo, el hombre, está enfermo, muy enfermo de gravísima enfermedad. El Papa desciende a la raíz de las cosas y a su razón de ser. Enfatiza con vigor y rigor el mal contemporáneo.

Estas son sus palabras: “La gravísima enfermedad de la edad moderna, y fuente principal de los males que todos lamentamos, es esa ligereza e irreflexión que lleva extraviados a los hombres. De aquí la disipación continua y vehemente en las cosas exteriores; de aquí la insaciable codicia de riquezas y de placeres que poco a poco debilita y extingue en las almas el deseo de bienes más elevados, y de tal manera las enreda en las cosas temporales y transitorias, que no las deja levantarse a la consideración de las verdades eternas, ni de las leyes divinas, ni; aun del mismo Dios, único principio y fin de todo el universo creado".

Este solo párrafo de la Encíclica la contiene toda. Cada palabra ocupa su justo lugar, lleva intacto su particular contenido y despeja toda duda.

El inmediato sucesor de Pío XI, Su Santidad Pío XII, ha expresado esto mismo en síntesis genial: Todo se ha perfeccionado menos el hombre". Por otro camino llega a la misma enfermedad del hombre.

El párrafo de Pío XI señala, a través de varios substantivos, la autogénesis del mal y esa terrible degradación progresiva que lleva a la autodestrucción.

He aquí un elenco:
Ligereza, irreflexión, disipación continua y vehemente, insaciable codicia de riquezas y placeres, debilidad y extinción en las almas del deseo de bienes más elevados, enredo, y servidumbre en las cosas temporales que impide a las almas levantarse a las Verdades eternas.

Esta gravísima enfermedad del espíritu es hija del pecado y de la subversión de valores. Su enfermedad llega a la incapacidad de resistir; los tóxicos son tan fuertes como la misma enfermedad.

Cuando las facultades racionales del hombre no son puestas en acción, es decir, cuando el ser humano no habla, ni piensa, ni ama, ni escruta la invisible realidad de las cosas, ese modo de actuar del hombre es infraracional. Las potencias del alma se oxidan, el universo sigue rodando como rueda que rueda en el vacío, sin introducir ni aportar nada, a excepción de su estéril movimiento.

Pensar en sí mismo es fácil. Pensarse a sí mismo es difícil y duro. Para pensarse a sí mismo el hombre debe descender y llegar a los senos más profundos del alma y arrancarse a sí mismo su propio secreto: “Soy esto que soy".

La inmanencia rige el orden de la vida. Cuanto más elevada es una vida, más es inmanente. Dios vive ad intra de un modo eminente y absoluto. Se conoce y se ama desde su interior y hacia su interior. De manera semejante, invita al hombre —su creatura— a entrar en las sendas interiores del espíritu, para que se conozca, sepa quién es, descubra para qué vive, hacia dónde proyecta su personalidad, hasta que finalmente se sienta copartícipe con Dios de una misma vida.

LA RUTA HACIA DIOS

El ejercicio de las potencias tiene su cima y su cumbre en Dios, Verdad sobre toda verdad y Bien sobre todo bien. Cada uno de nosotros tiene que dar una respuesta a la invitación divina de subir más alto. O, si se quiere, cada uno de nosotros debe renacer —nacer de nuevo—, pero renacer llevando en sí mismo la imagen viva de Dios.

Para este renacer no son suficientes las fuerzas humanas. Se necesita el poder infinito de la gracia que por su propia naturaleza tiende a la perfección del hombre.

La expresión más acabada de este proceso es la SANTIDAD. Santo y perfecto se identifican. Alcanzar la santidad es la meta, el fin al que debe tender toda vida cristiana, cuyo ordenamiento debe responder esencialmente el fin último del hombre.

Todos los grandes procesos interiores necesitan una clara noción del fin y una voluntad férrea para lograrlo. Pero, además, los procesos que cambian el corazón de raíz, los que conducen a su vez al Corazón de Dios, son hijos y brotes de la oración. Esta es la llave maestra que abre el Corazón de Dios y el del hombre y establece entre ambos una inagotable corriente de vida divina, de sangre transformadora y nutriente.

En el orden de las “gracias fuertes” —aquellas gracias que renuevan o hacen renacer al hombre— la gracia de la oración es quizás la primera después del bautismo. La oración nos introduce en el fecundo silencio de Dios, pero nos introduce también en un abismo de luz, a cuyo resplandor es fácil discernir los grandes valores o las efímeras apariencias que defraudan cualquier ansia de ascensión espiritual.

Séanos lícito repetir una vez más cuánto peso llevan las palabras bíblicas: mentira y verdad, mal y bien. Para el hijo de la mentira, mentir, corromper, le es esencial o al menos necesario. El hijo de la verdad tiene el poder sagrado de participar de Dios, porque Dios es Verdad y es Amor.

El hijo de la verdad vive la verdadera escala de valores. Piensa, juzga, ama, es hombre en la medida en que esa escala se convierta en el principio y fin de toda su existencia. Desde esa escala de valores aprende a pensar, a ordenar el interior, a discernir el valor de las cosas, a jugarse entero por los grandes bienes.

LA RESPUESTA DEL BIEN Y DE LA VERDAD

A la gravísima enfermedad y fuente de todos los males, opone Pío XI la irrupción de bienes que bajan al corazón del hombre, cuando el hombre “busca de veras a Dios". Es la antítesis del mal que había señalado. He aquí sus palabras:

“Al obligar al hombre al trabajo interior del espíritu, a la reflexión, a la meditación, al examen de sí mismo, es maravilloso el desarrollo que da a las facultades humanas; de tal manera que en esta insigne palestra del espíritu la razón aprende a pensar con madurez y ponderar equilibradamente las cosasla voluntad se fortalece en gran medidalas pasiones se sujetan al dominio de la razón, la actividad, unida a la reflexión, se ajusta a normas fijas y sensatas, y toda el alma resurge a su nobleza y excelsitud nativas“.

Párrafo tan denso debe ser meditado hasta arrancarle su más profundo contenido, el misterio de las cosas en orden a sí mismo y en orden a Dios.

LOS EJERCICIOS ESPIRITUALES

Aprender a pensar, a guardar silencio interior, buscar la soledad de espíritu y anclar en ella, amar con ese amor que es más fuerte que la muerte, es obra de hombres que han tomado en serio el por qué de la existencia.

El hombre que ha restituido en sí mismo la imagen viva de Dios se ha desposado con la Verdad y con el Bien. En él ha nacido el santo. Siente la necesidad de penetrar en todos los abismos y planear sobre todas las cumbres.

Ahora se siente libre, feliz poseedor de sí mismo, ansioso de realizar proezas por su Dios. El fin último de su vida, la razón de su existencia se ha logrado. Está bebiendo la copa de la paz.

La historia de las almas santas, empleando éste u otro lenguaje, nos hace vislumbrar el vacío, la necedad, la superficialidad, la vacuidad de un alma que vive de afuera para afuera. Los santos, por su parte, son clara y terminante reacción a la superficialidad humana. Obran desde adentro para adentro.

El Señor nos ha dicho que vino al mundo para traer la guerra y no la paz, la violencia y no la inercia. Nos ha querido decir con esto que la vida espiritual, la que Él trajo al mundo, exige lucha. Al esfuerzo por reordenar el interior se lo llama Ejercicios Espirituales.

Ejercicios Espirituales por cuanto se empeñan en la doble dimensión del alma: hacia la profundidad de los abismos y hacia la altura de las cumbres, obra de la oración y del silencio, pero también obra de una lucha a sangre y fuego contra las concupiscencias. Destacamos el poder absoluto de la oración; esa nobleza espiritual que importa el trato y la convivencia con Dios.

Todos estos héroes disciplinaron sus vidas con la oración, azotes, ayunos, trabajos apostólicos, cumplimiento del deber de estado. Y se convirtieron en transfusores de santidad. De los Santos brotaron santos. Floreció el desierto.

A esta no fácil lucha, a este constante vigilar las operaciones y los movimientos del alma llamamos Ejercicios Espirituales.

Estas dos riquísimas palabras son capaces de elevar a toda una generación, a todo un mundo. Pueden producir una revolución espiritual.

De hecho la han producido. Y por esas ironías de la gracia, el instrumento para esta revolución espiritual es un pequeño libro: el libro de los Ejercicios según la mente de San Ignacio de Loyola o Ejercicios Ignacianos.

Vienen superando desde hace siglos las pruebas de fuego: pero doctrina y método quedaron intactos.

Su autor es Dios. Su instrumento San Ignacio de Loyola. Todo el libro está impregnado de noble grandeza espiritual.

Lo que fue y sigue siendo para la doctrina de la Iglesia la Suma Teológica de Santo Tomás de Aquino, en orden a la ascética cristiana lo son los Ejercicios de San Ignacio de Loyola.

De entrada ubican al hombre frente a una ley metafísica: el Principio y Fundamento. O sea, el fin del hombre. Acaban con la contemplación para alcanzar amor, punto final y término del vivir humano.

Como el mundo moderno no se entiende a sí mismo ni comprende al hombre, menos entiende el supremo principio ordenador que son los Ejercicios. En medio de tanta confusión no faltan quienes aseguran que ya pasó el siglo de San Ignacio y que el libro de los Ejercicios Espirituales es una pieza de museo.

Sin embargo nos salvará la Suma Teológica y nos salvará el libro de los Ejercicios.

Monseñor + Adolfo TORTOLO
Arzobispo de Paraná

Para leer completa y en castellano esta Encíclica ver el siguiente enlace oficial:

https://w2.vatican.va/content/pius-xi/es/encyclicals/documents/hf_p-xi_enc_19291220_mens-nostra.html#_ftnref5


21 de enero de 2017

UN NUEVO ATILA MÁS SUTIL Y AGRESIVO


Discurso al Congreso de los hombres de Acción Católica del Papa Pío XII

(Domingo, 12 de octubre de 1952, en la inauguración de un templo en Roma dedicado al Papa San León Magno, al cumplirse 1500 años de cuando Atila se retira y no ataca Roma gracias a la intervención de este Papa en el otoño del año 452).




En este año 2017, en que coinciden tres aniversarios cruciales:

Ø Los 500 años del inicio de la Reforma protestante 
("Cristo sí, Iglesia no"),

Ø los 300 años de la fundación de la Masonería moderna 
("Dios sí, Cristo no")

Ø y los 100 años de la Revolución comunista en Rusia 
("Dios ha muerto o, mejor dicho, nunca ha existido")

Recordamos un discurso profético del Papa Pacelli, que hace referencia a estos tres axiomas tan actuales.


Al contemplar esta magnífica reunión de hombres de Acción Católica, la primera palabra que viene a nuestros labios es de agradecimiento a Dios por habernos regalado un espectáculo tan grandioso y devoto; después, de reconocimiento a vosotros, queridos hijos, por haberlo querido realizar ante nuestra mirada exultante.

Nos sabemos bien cuáles nubes amenazantes se espesan sobre el mundo, y sólo el Señor Jesús conoce nuestra continua ansiedad por la suerte de una humanidad de la que Él, Supremo Pastor invisible, quiso que Nos fuésemos visible padre y maestro. Ella mientras tanto procede por un camino que cada día se manifiesta más arduo, mientras parecería que los medios portentosos de la ciencia debiesen, no digamos «cubrirlo de flores», pero al menos disminuir, si no directamente extirpar, el cúmulo de cardos y de espinas que lo obstruyen.

De vez en cuando sin embargo –para confirmarnos en esta preocupada ansiedad– Jesús en su bondad quiere que las nubes se rasguen y aparezca triunfante un rayo de sol; signo de que incluso las nubes más oscuras no destruyen la luz, sino que solamente esconden su fulgor.

Y he aquí ahora un pacífico ejército de hombres militantes en la Acción Católica Italiana; cristianos vivos y vivificantes; pan bueno y a la vez preciosísimo fermento en medio de la masa de los otros hombres; ciento cincuenta mil, la mayor parte padres de familia, que viven su bautismo y se esfuerzan para hacerlo vivir a los otros. No sois todos.

Cientos de miles de hombres católicos, retenidos están aquí presentes con el ardor de su espíritu, de su fe, de su amor. Hombres maduros y de toda condición: gerentes, profesionales, empleados, docentes, obreros, trabajadores del campo, militares: todos hermanos en Cristo, todos unidos como en un solo latido de un solo corazón.

Quisiéramos que también vosotros pudierais admirar la estupenda visión que se ofrece en este momento a nuestros ojos; anhelaríamos que sintieseis en lo profundo del alma con cuánto amor Nos quisiéramos –si fuese posible– descender en medio de vosotros y abrazaros a todos, como si fueseis uno solo.

¡Queridos hijos! Habéis venido a Roma para festejar los treinta años de vuestra Unión –la primera de las Asociaciones Nacionales de Acción Católica–. Hace cinco años, los hombres que coincidieron en la Urbe eran setenta mil; hoy ese número se ha duplicado y es algo más que un símbolo del multiplicado fervor de vuestra vida cristiana.

Hoy a mediodía un nuevo acorde de campanas se ha agregado al anillo sonoro de todos los bronces sagrados de la Urbe, que saludan a María e invitan a los fieles a honrarla. En aquella hora vosotros habéis querido hacernos a Nos, Obispo de Roma, un don particularmente grato. En el corazón de un barrio densamente poblado de nuestra querida Ciudad, por impulso de vuestro incansable Asesor Eclesiástico Central, sobre los diseños de un joven arquitecto miembro de la Acción Católica, ante la admiración de cuantos han podido observar la complejidad del proyecto y la rapidez de la ejecución, gracias a la habilidad y a la tenacidad de los trabajadores, vuestra Unión ha hecho surgir, con todos los edificios y las obras anexas, una iglesia bella y espaciosa, sede de parroquia, dándole el nombre de San León Magno.

Nos estimamos que no herimos a nadie diciendo que de este Pontífice, grande entre los grandes, pocos conocen su intrépida actividad por el bien civil y social de Roma y de Italia, para conservar la pureza de la fe y para reordenar y reforzar la organización eclesiástica; quizás no muchos recuerdan que una gran parte de su actividad fue gastada en la lucha contra la herejía monofisita, que negaba en Cristo dos naturalezas, la humana y la divina, realmente distintas, sin fusión ni mezcla.

Pero todos saben que, mientas Atila, rey de los hunos, descendía victorioso en Italia, devastando la Venecia y la Liguria, y se aprestaba a marchar sobre Roma, el Papa León reanimó al Emperador, al Senado y al pueblo, todos presas del terror; después partió inerme y fue al encuentro del invasor sobre el Mincio. Y Atila lo recibió dignamente y se alegró tanto de la presencia del summus sacerdos, que renunció a toda acción de guerra y se retiró más allá del Danubio. Este hecho memorable ocurrió en el otoño del año 452, de donde Nos estamos felices de conmemorar aquí solemnemente con vosotros el decimoquinto centenario.

¡Queridos hijos, hombres de Acción Católica! Cuando nos enteramos de que el nuevo templo debía ser dedicado a San León I, salvador de Roma y de Italia de la avalancha de los bárbaros, nos ha venido el pensamiento de que quizás vosotros queríais referiros a las condiciones actuales. Hoy no sólo la Urbe e Italia, sino el mundo entero está amenazado.

Oh, no nos preguntéis cuál es el “enemigo”, ni cuáles vestimentas usa. Él se encuentra en todas partes y en medio de todos; sabe ser violento y furtivo. En estos últimos siglos ha tratado de realizar la disgregación intelectual, moral y social de la unidad en el organismo misterioso de Cristo. Ha querido la naturaleza sin la gracia; la razón sin la fe; la libertad sin la autoridad; a veces la autoridad sin la libertad. 

Es un “enemigo” vuelto cada vez más concreto, con una falta de escrúpulos que deja todavía atónito: Cristo sí, Iglesia no. Después: Dios sí, Cristo no. Finalmente el grito impío: Dios ha muerto; más bien: Dios nunca ha existido. 

Y he aquí el intento de edificar la estructura del mundo sobre fundamentos que Nos no dudamos en señalar como principales responsables de la amenaza que se cierne sobre la humanidad: una economía sin Dios, un derecho sin Dios, una política sin Dios.

El “enemigo” se ha esforzado y se esfuerza para que Cristo sea un extraño en la Universidad, en la escuela, en la familia, en la administración de justicia, en la actividad legislativa, en el consenso de las naciones, allí donde se determina la paz o la guerra.

Él está corrompiendo el mundo con una prensa y con espectáculos que matan el pudor en los jóvenes y las jóvenes y destruyen el amor entre los esposos; inculca un nacionalismo que conduce a la guerra.

Vosotros veis, queridos hijos, que no es Atila quien presiona a las puertas de Roma; vosotros comprendéis que sería vano, hoy, pedir al Papa que se mueva y vaya a encontrarlo para detenerlo e impedirle sembrar la ruina y la muerte.

El Papa debe, en su puesto, vigilar, orar y prodigarse incesantemente, a fin de que el lobo no termine de penetrar en el aprisco para secuestrar y dispersar la grey (cfr. Juan 10,12); también aquellos que comparten con el Papa la responsabilidad del gobierno de la Iglesia hacen todo lo posible para responder a la espera de millones de hombres, los cuales –como expusimos el pasado febrero– invocan un cambio de ruta y miran a la Iglesia como el válido y único timonel. Pero esto hoy no basta: todos los fieles de buena voluntad deben conmoverse y sentir su parte de responsabilidad en el éxito de esta empresa de salvación.

¡Queridos hijos, hombres de Acción Católica! La humanidad actual, desorientada, perdida, descorazonada, tiene necesidad de luz, de orientación, de confianza.

¿Vosotros queréis con vuestra colaboración –bajo la guía de la sagrada Jerarquía– ser los heraldos de esta esperanza y los mensajeros de esta luz? ¿Queréis ser portadores de seguridad y de paz? ¿Queréis ser el gran y triunfal rayo de sol que invita a despertar del sueño y a trabajar con fuerza? ¿Queréis convertiros –si a Dios le place así– en animadores de esta multitud humana, en espera de vanguardias que la precedan?  

Entonces es necesario que vuestra acción sea ante todo consciente. El hombre de Acción Católica no puede ignorar lo que la Iglesia hace y pretende hacer. Él sabe que la Iglesia quiere la paz; que quiere una más justa distribución de la riqueza; que quiere levantar la fortuna de los humildes y de los indigentes; sabe que Cristo, Dios hecho hombre, es el centro de la historia humana; que todas las cosas han sido hechas en Él y para Él. Él sabe que la Iglesia, cuando augura un mundo distinto y mejor, piensa en una sociedad que tenga por base y fundamento a Jesucristo con su doctrina, sus ejemplos y su redención.


En segundo lugar es necesaria que vuestra acción sea iluminadora. En vuestras fábricas, en vuestras oficinas, en las calles, en los lugares donde obtenéis la sana recreación o el necesario descanso, os encontraréis casualmente con hombres “que tienen ojos para ver y no ven” (Ezequiel 12,2). ¡Hoy, por ejemplo, se encuentra pobre gente persuadida de que la Iglesia, que el Papa, quieren la explotación del pueblo, quieren la miseria, quieren –parecería inimaginable– la guerra! Los autores y propagadores de estas horrendas calumnias logran escapar de la justicia de los hombres, pero no podrán sustraerse al juicio de Dios. ¡“Vendrá un día…”! ¡Señor, perdónalos! Entretanto sin embargo es necesario aprovechar toda ocasión para abrir los ojos a esos ciegos, a menudo más víctimas de engaño que culpables.

Además, es necesario que vuestra acción sea vivificante. La Acción Católica no será realmente tal si no actúa sobre las almas. Las grandes reuniones, los magníficos desfiles y las manifestaciones públicas son ciertamente útiles. ¡Pero ay con confundir los instrumentos con los fines para los cuales deben ser utilizados! Si vuestra acción no llevase la vida del espíritu adonde está la muerte, si no buscase sanar esa misma vida donde está enferma, si no la fortificase donde está débil, sería en vano. Sabemos que vuestra Presidencia General ha preparado un programa de trabajo “capilar”, para volver eficiente la presencia de los católicos militantes en cada lugar y con todas las personas entre las cuales viven. De esa “base misionera”, como se ha querido llamarla, sed por lo tanto vosotros los principales componentes y propulsores.

Vuestra acción sea también unificadora. Estad unidos entre los miembros de una misma Asociación; unidos entre las diversas Asociaciones; unidos con las otras “ramas” de la Acción Católica. Pero estad unidos y haceos promotores de unión también con las otras fuerzas católicas, que combaten vuestras mismas incruentas batallas y tienden a vencer en vuestra misma lucha.

¡Queridos hijos! ¿Queréis ser fuertes? ¿Queréis ser, con la ayuda de Dios, invencibles? Estad prontos para sacrificar al bien supremo de la unión, no digamos los caprichos –es evidente–, sino también cualquier idea o programa que pudiese pareceros genial. La unión, sin embargo, no es uniformidad. Ésta destruiría la variedad de las fuerzas; variedad que no tiene solamente un valor estético, sino que también acarrea ventajas estratégicas y tácticas de primerísimo orden.

Vuestra acción sea finalmente obediente. Ninguno más que Nos desea que el laicado salga de un cierto estado de minoría de edad, hoy más que nunca inmerecido, en el campo del apostolado. Pero, por otra parte, es evidente la necesidad de una obediencia pronta y filial, siempre que la Iglesia habla para instruir las mentes de los fieles y para dirigir su actividad. Ella cuida bien de no invadir la competencia de la Autoridad civil. Pero cuando se trata de cuestiones que afectan la religión o la moral es deber de todos los cristianos, y especialmente de los militantes de Acción Católica, cumplir sus disposiciones, comprender y seguir sus enseñanzas.

Quisiéramos añadir que también en el seno de la Acción Católica es necesario observar una estricta disciplina entre los varios grados de las Asociaciones. Cuando de hecho se tiene en frente a un ejército de férrea organización, ¿a qué peligros se expondría una milicia desordenada, en la cual cada uno se creyese autorizado a juzgar y a actuar según su propio arbitrio?

Y ahora, antes de concluir estas palabras nuestras, quisiéramos confiaros una “consigna”. Vosotros ciertamente recordáis que en el pasado mes de febrero hemos dirigido a los fieles de Roma una cálida exhortación, a fin de que el rostro incluso externo de la Urbe aparezca brillante de santidad y de belleza. Debemos decir que clero y pueblo están trabajando ardientemente para que no resulten vanas nuestras esperanzas y no sea frustrada nuestra confianza. Pero Nos hemos expresado al mismo tiempo el augurio de que el potente despertar, al que hemos exhortado a Roma, sea “pronto imitado por las diócesis cercanas y lejanas, a fin de que a nuestros ojos sea concedido ver volver a Cristo no solamente las ciudades, sino las naciones, los continentes, la humanidad entera”. Para este que podríamos llamar “segundo tiempo” Nos contamos con los hombres de Acción Católica, con toda la Acción Católica.

Entonces, mientras los impíos siguen difundiendo los gérmenes del odio, mientras gritan aún: “No queremos que Jesús reine sobre nosotros”: «nolumus hunc regnare super nos» (Lucas 19,15), otro canto se elevará, un canto de amor y de liberación, que exhala firmeza y coraje. Él se elevará en los campos y en las oficinas, en las casas y en las calles, en los parlamentos y en los tribunales, en las familias y en la escuela.

¡Queridos hijos, hombres de Acción Católica! Dentro de algunos instantes Nos impartiremos con toda la efusión de nuestro corazón paterno la Bendición Apostólica a vosotros, a vuestros seres queridos, a vuestras obras, a vuestras Asociaciones. Después retomaréis vuestro camino, volveréis a vuestros hogares, reencontraréis vuestro trabajo. Llevad a todas partes vuestra acción iluminadora y vivificante. Y sea vuestro canto un canto de certeza y de victoria.

Christus vincit! Christus regnat! Christus imperat!








15 de enero de 2017

EL CORDERO DE DIOS

AGNUS DEI
Reflexión acerca del título con que presenta San Juan Bautista a Cristo: “El Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” al inicio del Evangelio de San Juan

Valdrá seguro aquello de fray Luis de León: que de los Nombres divinos vale que cada cual tenga sus gustos, sus preferencias, su dilección. Que los hay quienes al título de “Rey”, se les conmueven las entrañas todas; o los que caen de bruces a la sola voz “Señor”; o quienes aman y viven del nombre “Jesús” como servidor. Como no faltan quienes hallan la más bella lumbre y música al título de Roca o Pastor; Esposo, Verdad o Ladrón de Medianoche.

Valdrá lo de Fray Luis, cómo no… pero permítaseme excluir del listado a un nombre, un solo Nombre de Cristo que se resiste a sumarse sin más a la larga nómina de Nombres. Y no porque sea el más lustroso ni el más sublime. Pantocrátor dice más. Hijo Eterno, ni hablar. Se trata de un Nombre casi insignificante; es más: se trata del Nombre donde la distancia entre el Nombre y el Nombrado se estira de tal modo que no cabe ni pensar ni imaginar un estiramiento mayor. Es el Nombre mayor de lo cual Dios no podría ser analogado. Nombre que habita las fronteras más inhóspitas de la analogía, allí donde éstas lindan con el equívoco. El Nombre que está bajo todo nombre… hablamos del Cordero de Dios.

Y no, no es un Nombre más. Es distinto. De tan inadecuado, se torna más creíble y amable que todos los títulos ajustados a teológica razón. Tal vez sea sencillamente el nombre más bello que haya recibido Nuestro Señor, y la prueba o el fundamento de que sea tal radique justamente en lo infunda-mentable de su fundamento…

Sí. No hay nada más bello que verle el Rostro a Jesús (el Infante, el muy Llagado, el bien Resucitado, el Rostro hecho Pan o el que fuere) y soplar sobre Él la voz “Cordero”... y notar qué bien le sienta.

No necesita decodificaciones teológicas ni piadosas. Desnuda de toda retórica, la voz Cordero lo nombra al Señor de un modo misterioso y entrañable, cotidiano e inasible, tierno y tremendo. Como el Cordero de Zubarán: sin aureola, sin estandarte, sin siquiera sangre, lo dice al Señor prístino, sin más. De tan oblicua que es la referencia, de tantos rebotes de espejo en espejo, la luz del Nombrado termina fluyendo en este Nombre con tal frescura y vigor que pareciera manar del surgente y allí mismo ser recibido. Por aquello de que el colmo de lo oblicuo es derecho. Un Nombre cuya parábola o metáfora es tan lejana que la elipse devuelve el Nombre al foro de lo nombrado. Por eso “Cordero” refulge en tanta luz; por eso decirle al Hijo Eterno: “Cordero” es tan inmediato y directo como decirle al sol sol, o luna a la luna.

No en vano la Ciudad divina, el Cielo eterno, no será alumbrada ni por el sol ni por la luna sino por este Cordero de Luz…

Y de allí que el Evangelio de San Juan, luego del prólogo-himno, 
comience con este señalamiento de Juan Bautista: este es el Cordero de Dios. Este es Quien en su purísima inocencia cargará sobre sí todo el pecado del mundo: lo asumirá, lo hará propio y saliendo del campamento como chivo expiatorio, morirá en vez de los culpables, en paga de sus culpas.

Pero hay mucho más en la voz Cordero (y en el señalamiento de Juan) que la expiación que quita el pecado del mundo. Esa lana blanca como la nieve, antigua como la rueca, esa mirada inmensa y calma, esas manos talladas en roca prediluviana… y ese gusto por el silencio, incluso en el peligro, incluso a la hora de teñir de escarlata su lanar. Hay algo en el nombre Cordero que expresa muy bien una cualidad inefable de Cristo: el que sea tan a la vez tierno y firme, dulce y viril, hidalgo y feroz, manso y salvaje, lúdico y serio. Tal vez lo que se anuda en el Cordero sea, al decir de Blake, “inocencia y experiencia”. 

Pues es el Niño del Pesebre y el Hacedor del orbe… ese misterioso Cordero más antiguo que el Mundo, de la carta de Pedro.

El Cordero que tenemos por Dios y Señor está vivo y degollado a la vez. Fluye de su Pecho muy lastimado un intenso flujo de Sangre viva: no como se encharca en su propio derrame un animal muerto sin pulso, sino que mana este torrente a la presión fuerte de un Viviente. Como el Cordero místico del políptico de Van Eyck, nuestro Dios-Cordero es garboso y erguido con porte de León, manso y humilde con rasgos de borrego.

No es que Dios buscó un animal entre todos, en busca de alguno que expresara lo mejor posible la identidad de su Hijo. Decididamente fue al revés: Dios creó el cordero mirando a su Hijo, previendo su Encarnación y lo creó ante todo para decirlo, para que hubiera gramática, un modo de decir al Hijo, un modo de decir lo inefable, de vocear ese infinito inasible en una sola voz e imagen: Cordero, Agnus Dei.

Por eso, no sólo el Cordero pascual del Éxodo, o el “como cordero llevado a matadero” de Isaías, ni el Cordero de oro refulgente del templo de Salomón son prefiguraciones de Cristo: sino que todo cordero es sombra y figura Suya. Todo cordero habla de Él. 

Quien pierda una tarde mirando dormir a la cría de oveja o contemplando cómo da lúdicas cabriolas jugando con su propia sombra, o cómo mira lejos con apacible gozo, y acercándose a su oído le pregunte, con Blake, …Little Lamb who made thee (…Pequeño Cordero, ¿quién te hizo, sabés acaso quién te hizo?), quien esto susurre, entenderá que antes que hubiera Mundo, antes que los montes y los mares, antes que las praderas y corrales hubo un dorado Cordero en Brazos de su Padre, con cuya lana se urdieron y tejieron los Mundos.

Y en el Cielo lo veremos como un diamante en todas sus incontables facetas: Puerta y Camino, Piedra y Juez, Luz y Vida, Rey y León, Verbo y Salvador… pero todos estos atributos serán divinos hilos con que se bordará una sola y compacta imagen, la de Jesús, el Cordero eterno del Padre. 


No en vano el Libro del Cordero del Apocalipsis, en 28 ocasiones nos habla de Él, de su Cántico y su Boda, de su lumbre y potestad. Que Lutero siga quejándose de que es un libro críptico que no revela: nuestra es la gracia de poder leer “Cordero” y conmovernos enteros ante la manifestación tan diáfana del Rostro de Dios.

Que al llegar mi postrer día quiero pensar y decir: viví como un pobre pastorcico apacentado por un Cordero; lleva a tu servidor, por manos de tu Ángel, para sumarse a la multitud de eremitas que adoran al místico Cordero erguido sobre el altar del Cielo, en las verdes colinas eternas. Y pueda allí volver a decirte: yo soy niño y Tú Cordero y ambos respondemos al mismo nombre.

Monasterio del Cristo orante
Mendoza, Argentina




Frontal con hornacina del antiguo Altar Mayor de la Basílica del Espíritu Santo, con el Cordero del Apocalipsis y el Libro con los siete sellos.




Agnus Dei de Francisco de Zurbarán (c.1635)
(Museo del Prado)






San Juan Bautista niño con el Cordero, de Murillo (c.1670)
(Museo del Prado)





“La adoración del Cordero místico”
de los hermanos Van Eyck (c.1432)

Forma parte del enorme políptico que se halla en la Catedral de Gante, donde fuera bautizado Carlos V.


(Miran hacia el Altar del sacrificio rodeado de ángeles con turíbulos, cuatro grupos: los fieles, las mártires, los paganos y judíos y obispos, papas y religiosos)

31 de diciembre de 2016

NUEVO AÑO 2017


El pasado en Su Misericordia,

El futuro en Su Providencia,

El presente bajo Su Gracia.

FELIZ AÑO: ¿AUGURIO O CERTEZA? 


La confianza en la Divina Providencia: en este año vendrán la salud y la enfermedad, vendrán los éxitos y los fracasos, vendrán soles y lluvias, invierno y verano... y no será una discontinuidad de la Providencia sino su estable y continuo ejercicio

       Chesterton, ese agudo pensador inglés que hizo el largo camino del ateismo al cristianismo, gustaba señalar curiosidades o caprichos culturales. Y refiere a uno que -cien años después- sigue en boga: los no creyentes viven llenos de creencias y los hombres religiosos suspiran en deseos que deberían tener por certezas.

       El abanico de ejemplos es amplio, pero parece más oportuno centrarnos en uno solo, en torno al año nuevo.
      
       “Éste va a ser un buen año”, afirma el no-creyente, levantando su copa con lacónica seriedad, casi como una cábala para que así sea, o como arenga motivadora. En cualquier caso: emitiendo moneda sin respaldo en oro.
      
       Mientras, hombres creyentes -del credo que fuera- con timbre piadoso estampan: “te deseo un feliz año: ojalá lo sea... sin caer en la cuenta de que el oro de su fe los habilita a pasar del augurio a la certeza. Creen en un Dios bueno con señorío real sobre su obra, que hace lo que quiere y quiere lo mejor. Y por ello, no deberían esperar que todo termine bien: deberían saber que todo está saliendo inmejorablemente bien, conforme al Plan. Es lo que en las religiones de todos los tiempos y culturas se denomina sin más: la Divina Providencia.

       Valga como ejemplo tan sólo anotar un texto que ronda los 2400 años:

     “Oh endeble mortal, ínfimo como eres, sin darte cuenta te relacionas con el todo del orden general que dispone cada parte en función de la totalidad. Y murmuras, porque ignoras qué es lo mejor a cada tiempo para ti y para el todo: el todo tuyo y el todo del todo. Es tan simple y sin embargo no lo entiendes: si hay dioses -que los hay- no descuidan la cuestión humana. Ni su curso ni su destino”.
      
       Hasta aquí el gran Platón con sus dioses insobornablemente buenos. Incontables textos bíblicos podrían secundar y completar esta intuición , que hace cumbre en ese Dios Padre de Jesucristo a quien no se le escapa ni la caída de un solo cabello y lo dispone todo para bien nuestro. Jesús remite como prueba contundente mirar nomás los lirios del campo o las aves del cielo: no desesperan juntando alimento en graneros ni ahorrando para vestirse. Viven en la certeza de que su Hacedor seguirá a cargo de su causa y la llevará a buen fin.

       Pero para completar el inventario cultural actual, además de creyentes e incrédulos se da hoy una tercera posición con pocos antecedentes históricos: a los píos y ateos de siempre, se suman ahora los anti-teos, que formulan así su convicción: Dios existe y es un canalla. La frase emblemática pertenece al protagonista de un intrincado cuento de Sábato que encarna con todo detalle este modelo de religiosidad. Hay un Dios (seguir sosteniendo la apuesta en favor del azar es tan ingenuo e irracional como infantil) y este mundo es el despliegue creativo de su poder, su juego y entretenimiento.

       Y completo el perfil de este credo saltando de novela: en la escena final de El Abogado del Diablo, en su último intento por persuadir al Hombre arremete Al Pacino: ¿no te das cuenta de que Él los ha arrojado en el mundo cual ratas en laberinto, y a carcajadas se divierte viéndolos corretear en busca de la salida mientras levanta apuestas entre sus ángeles? Dios existe y es perverso. Y el mundo: su divertimento.

       Ante este complejo panorama cultural de creyentes inseguros, ateos supersticiosos y antiteos rabiosos parece oportuno recotizar la devaluada moneda de la divina providencia. Se suele creer que esta consiste en una suerte de favoritismo divino: un beneficio de los dioses que pueden darlo o no y a quien se les plazca. Y creemos que fuimos destinatarios de ella cuando las cosas nos salen conforme a nuestros planes y expectativas. Y esto es falso.

       La Providencia es la visión adelantada y de conjunto del proyecto completo y el consiguiente subsidio y soporte de lo que a cada parte le hiciere falta en función de ese Todo. Desde nuestra parcialidad a cada uno de estos soportes solemos evaluarlos con infinita miopía como favor o desgracia según nuestra estrechísima y fragmentada visión.

       Decía Peguy que el hombre no sólo hace un papelón cuando se ahoga en un vaso de agua: también, cuando allí intenta nadar. La insensatez en cuestión es un conflicto de proporciones. Como dice sin vueltas el Salmista: aunque al hombre insensato se le escape y el necio no entienda estas cosas, las obras del Señor son grandes y cada uno de sus designios, profundos (Sal 91). Y “grande” no refiere aquí -ni en el resto de la Biblia- a un adjetivo elogioso: se trata de un sustantivo dimensivo.
      
       Benedicto XVI invirtió una de sus primeras reflexiones papales en el asunto:

“La historia no está en manos de potencias oscuras, del azar o de opciones humanas. Ante el desencadenamiento de energías malvadas, ante tantos azotes y males, se eleva el Señor, árbitro supremo de las vicisitudes de la historia. Él la guía con sabiduría hacia la meta. Dios no es indiferente ante las vicisitudes humanas, sino que penetra en ellas realizando sus proyectos con eficacia. La aventura de la humanidad no es confusa y carente de significado: tiene un rumbo preestablecido” (11-V-05).

       Una clave para sospechar mejor el estilo en que Dios lleva adelante el Mundo es hacerse a la idea de que la Creación no es un acto estanco, pretérito, luego del cual el autor lo que hace es conservar su obra. Una suerte de fabricación con garantía. Lo cierto es apenas distinto: cada existente está siendo sacado de la nada en cada momento, en un despliegue de energía y compromiso insospechados.

       Jesús no duda en ajustar la concepción judía de un Dios que realizó su obra en seis días tras lo cual descansó mirándola desde afuera, cual un Miguel Ángel contemplando su Pietá. La modernidad ha sido ágil para replantear la Creación en seis días a la luz de la evolución... pero bastante torpe y piedeletrista con el séptimo día: el Shabbat divino. Mi Padre trabaja siempre, y yo también -insiste el Señor (Jn 5,17)-, revelando a un Dios sin “intermitencias” en su cuidado y gobierno.

       Lo cierto es que en este año vendrán la salud y la enfermedad, vendrán los éxitos y los fracasos, vendrán soles y lluvias, invierno y verano... y no será una discontinuidad de la Providencia sino su estable y continuo ejercicio. Todo será parte del Plan. La adversidad -cual sea- también es parte del plan. Y en esto hay que animarse a llevarlo a fondo: todo es todo. También el quehacer humano.

       Jesús cuida este detalle y antes de hablar de pájaros y flores y de un Padre que destila bondad encuadra su bello discurso sobre la Providencia en este dato contundente: ustedes y yo pasaremos por la prueba, y también esto está previsto (Mt 10,24). En el monte Dios proveerá... consuelo y alivio o prueba y traición. El Monte Moria y el Calvario son laderas hacia una misma cumbre. 

       Los comentadores del Génesis gustan marcar un detalle peculiar: hubo una tarde y una mañana y ese fue el primer día. Dios parece no crear la noche. Pero el Dios de Isaías se encarga de afinar el asunto: dichas y desgracias, luces y tinieblas, soy Yo, el Señor, quien hace todo esto (Is 45,7). E insistamos: no sólo las catástrofes naturales, sino los desaciertos humanos se inscriben en la Providencia. Así como los cardíacos o los asmáticos llevan encima su medicación por cualquier inconveniente, todos deberíamos tener muy a mano -en la memoria, el corazón y la mente- aquella feliz expresión de José, el hijo de Jacob, a sus hermanos que le hicieron de todo: no fueron ustedes sino Dios... y aunque ustedes lo pensaron para hacerme daño, Dios lo pensó para bien (Gen 45,8).

       Como que la mayor “Tragedia” de la Historia no tiene a Caifás, Anás, Pilato y Judas por artífices, sino al Padre de los lirios salvando al mundo por la Sangre de su Hijo.

       Volviendo al inicio: el optimismo pagano, sin fondos, suele afirmar: ya se va a dar vuelta el partido: todo va a mejorar. Y el creyente, teniendo con qué, calla su mejor retruco: todo está saliendo bien. No sólo el compás resolutivo, sino la sinfonía entera, aún en sus pasajes más disonantes es buena y bella. Hay algo de trampa en aquello de que Dios escribe derecho en renglones torcidos.

       Más saludable parece sospechar que lo único torcido es nuestra mirada ante un Dios Señor de los renglones y las palabras.

       La tan famosa frase de Juliana de Norwich “All shall be well” suele asfixiarse en este mismo sentido. Como si sólo a los postres las cosas se acomodaran un poco. Así como el “A la tarde te examinarán en el amor” de san Juan de la Cruz no es a la hora de la muerte sino al crepúsculo de cada obra, el “todo termina bien” no es para la Parusía sino para cada recodo de esta sinuosa historia que Dios va viendo y haciendo novedosamente buena.
      
       Si la ponderación de las dificultades, contramarchas, límites y fracasos no supera la de ser un “intervalo” en el favor divino, y la esperanza se limitara y devaluara a ser el aguante a la espera de un final feliz, cada año será tan penoso y rancio como el anterior. Una nauseosa recurrencia del sin-sentido a la espera del sentido prometido. 

       De las cosas más bellas y fuertes que nos ha dicho el Papa Benedicto en su encíclica sobre la Esperanza refiere a esto. La esperanza cristiana no es un vago suspiro por promesas que confiamos se cumplirán muy al final. La esperanza cristiana nos instala con vigorosa firmeza sobre la roca del ya iniciado cumplimiento. Por eso nuestra sobria alegría es tan recia como auténtica. No es la inquieta y vacua carcajada posmoderna ante la insoportable levedad del ser; es la serena sonrisa ante la insobornable densidad del Ser y Ser Eterno, en Quien vivimos, nos movemos y existimos.

       Y remata el Pontífice: “Por la fe, de manera incipiente, podríamos decir «en germen» ya están presentes en nosotros las realidades que se esperan: el Todo, la Vida verdadera.” (SS 7).

       Sólo nos es posible abrirnos a la buena novedad (Evangelio) de cada año desde el presupuesto de tratarse de un feliz e inequívoco Don de Dios. Ante la terna “feliz-año-nuevo” el mundo considera el último término como presupuesto o dato fáctico, y el primero, como posible y deseo. Nuestra fe debería animarse con un simple enroque: que este año feliz sea en verdad nuevo para ti. Y a la luz de la Navidad, gritar desde las terrazas de este mundo triste y desanimado: les anuncio una gran alegría, hoy les ha nacido un año feliz: vayan y vean y gusten su Novedad".
                                                     
                                                         P. Diego de Jesús