Centro de Profesionales de la Acción Católica "SANTO TOMÁS DE AQUINO" de Buenos Aires, Argentina.

20 de mayo de 2018

NO SE PUEDE SERVIR A DOS SEÑORES


  CUIDA LA OBRA QUE HAS COMENZADO



  Digámosle que necesitamos de su presencia, y pidámosle que permanezca en nuestro corazón para no alejarse jamás de él.

  Mostrémosle nuestra alma sellada con su carácter indeleble en el Bautismo y la Confirmación; roguémosle que cuide de su obra.

     Somos suyos. Dígnese Él hacer en nosotros lo que le pedimos, pero que nuestros labios lo digan con sinceridad, y acordémonos que para recibir y conservar el Espíritu de Dios hay que renunciar al mundo, porque Jesús ha dicho: “No podéis servir a dos señores".

Dom Prosper Guéranger




VENI CREATOR SPIRITUS!



"Si queremos que Pentecostés
no se reduzca a un simple rito
o a una conmemoración,
sino que sea un acontecimiento actual de salvación,
debemos disponernos con religiosa espera
a recibir el don de Dios
mediante la humilde y silenciosa escucha de Su Palabra.

Para que Pentecostés se renueve en nuestro tiempo,
tal vez es necesario que la Iglesia esté menos 'ajetreada' en actividades
y más dedicada a la oración".

Benedicto XVI
De su homilía del 31 de Mayo de 2009


LAS DOS  MANOS DE DIOS PADRE

Una reflexión para el día de Pentecostés, donde se palpita la gran sabiduría de la tradición cristiana entrelazada con la cultura griega y romana en una admirable síntesis, de gran profundidad espiritual




         Los Padres de la Iglesia solían graficar el misterio de la Trinidad diciendo que el Padre tenía dos manos: su Hijo y el Espíritu Santo. Quien más alentó esta imagen fue san Ireneo, explicando cómo la Redención no podría darse sin la complementación con que ambos brazos divinos conjugan la tarea, cada cual con su rol irreductible. 

         Alguno se atrevió a intensificar esto de los roles distintos, al punto de decir que casi eran roles opuestos aunque no contradictorios. 

         Y que gracias a esa divina oposición es que se da la magia de nuestra divinización.

         Su Mano Derecha, el Logos eterno, le aporta a la tarea Solidez, Rectitud, Firmeza, Justicia y Justeza. Él es la Roca. Lo firme. Él es el sí, sí; no, no. La Espada sin curvatura. La Solidez de la Verdad. Y encarnado, traduce con el peso de la materia, esos mismos rasgos intradivinos.

         Pero Dios tiene otra Mano. Y es el Pneuma increado.

Su “forma de ser” (si me dan venia para decirlo así) es notablemente diferente. Ya dentro de Dios mismo denota un rol bien otro: entre el Padre infinito y el Hijo infinito, es Él quien sondea esas honduras abisales de la entraña misma de Dios… Él es pura gracilidad, livianísima sutilidad, bellísima ligereza. Por eso el lenguaje humano cuando intenta nombrarlo recurre a las imágenes del Aire, del Fuego, del Agua, del Viento, del Aliento… 

         Así es Él en Dios y hacia fuera de Dios, cuando interviene, como Brazo divino, en la Obra redentora. 

         Son aquellas dos Manos del Padre, que Rembrandt, en su Regreso del Hijo pródigo se esmeró en pintar tan distintas.

         Insistamos: sus características tan diferentes son las que habilitan esta acción conjunta del Hijo y el Espíritu en nuestros corazones. Pero ojo: podría imaginarse que al ser fuerzas opuestas y de la misma intensidad, en la compensación se neutralizan mutuamente, dejando en reposo el Obrar de Dios en nosotros. 

         Pues no. En absoluto. 
        
         La coincidencia de opuestos se traban en una sinergia paradojal donde los opuestos se potencian. Una espada encerada no la torna más blanda: gana en vigor; como la fonte mana y corre con más gracia sobre el contrapunto de su lecho pedregoso. El tornado embistiendo contra el firme acantilado no le resta a éste su vigor: le suma aplomo y firmeza. Las ráfagas de viento soplando sobre el fuego, no lo apagan: lo azuzan, lo enardecen, lo avivan…

         Dicho con menos metáfora: la Ley de Dios, traspasada por el Aliento del Amor divino, no la mitiga ni atenúa: ¡al contrario!, alcanza un vigor y rigor descomunal. La filosa Palabra de Dios, atravesada por el divino Pneuma, no se licúa ni se diluye: ¡al contrario!, se intensifica. La Justicia divina abrasada por el Amor increado, no es menos justa: ¡al contrario!

         Lo dionisíaco y lo apolíneo no se compensan o anulan entre sí: configuran un divino Torbellino órfico, la maravilla de una Acción divina que precisa de lo recto y lo curvo, lo sólido y lo líquido, lo suave y lo firme… pero no en un vaivén bipolar, sino en la sinfónica simultaneidad de ambas Manos divinas.

Por eso necesitamos Pentecostés.

         Y por eso necesitamos que Pentecostés sea la plenitud de la Pascua.        

         La Iglesia siempre se vio tentada de atarle una de las Manos a Dios. Creyendo que la descompensación de fuerzas se resuelve inhibiendo lo dionisíaco o bien lo apolíneo. 

         Y no. Hay que restablecer, sin intervencionismos, el libérrimo actuar conjunto de ambos Brazos del Dios Uno. Para que el tono muscular exacto, la afinación precisa de la paradoja cristiana recobre su “a punto”.

         Una Iglesia pneumática sin la robustez del Logos encarnado, es un macilento fantasma. 

         Una Iglesia cristológica, sin la sutilidad del Espíritu divino, es un pesado y torpe elefante. 

         En cambio, cuando el cristiano es movido por Ambas Manos de Dios, se da “eso” tan peculiar, tan inédito en la historia de las religiones, tan curioso como maravilloso: la conjunción de todos los opuestos posibles engarzados como una pieza de encaje, en la minúscula existencia de esta joya miniaturista que es el corazón humano divinizado.

         Ocurre entonces lo inefable: el silencio de esta persona se torna elocuente, y al hablar dice el silencio; su veracidad es indulgente y su clemencia es abrumadoramente veraz; su amor es justísimo y su justicia, de una caridad exquisita. Alumbra como un cirio puesto en un lugar alto, desde el más secreto ocultamiento; la obediencia le otorga libertad, su pobreza lo hace rico, y su amor universal es tan concreto como un par de ojos donde se vuelca sin límites. 

         Logra lo imposible de impostar: ser aplomado y risueño, ser serio y afable, ser seguro y humilde. Áspero y cálido, calmo e imparable. Estable e imprevisible. Y no intercalando de a ratos lo uno y lo otro, sino en ese mágico “a-la-vez”. 

         El Hombre alcanzado por Cristo y el Espíritu es sereno y apasionado, profético y apacible. Es un niño anciano. Es lugareño y extranjero, comprometido y desentendido. Vive una cordura que es locura, y una fascinación por lo divino que es embriagadora sobriedad o sobria borrachera. Aplomo y desmesura se entresijan en apretada trama. Su alma es diminuta como un grano de mostaza y de una amplitud más vasta que el espacio estelar.
Está muerto pero vive. Lo embarga muy a la vez el temor y el amor, lo tremendo y lo fascinante, el llanto y el gozo.

         Y su plegaria (tal vez el rasgo más distintivo), su plegaria es tan sencilla como entramada: balbucea rezos como un niño con la seriedad de un adulto. Es tan gratuita como pretenciosa, tan pausada como insistente, tan confiada como retraída, tan simple como un vaso de agua, tan compleja como un meduloso vino. Sus rezos son sobrios y desmesurados. Audaces y comedidos. Disfruta su plegaria siendo su mayor calvario: es su refugio y su tormento. Reza con muy pocas palabras… que son incontables como las estrellas del cielo. Si valiera la sinestesia: en cada plegaria ruge como una paloma, y arrulla como un león…

         Heráclito lo llamó bajo un término hoy tan banalizado: “Harmonía”. Y dice el presocrático que sólo los dioses pueden otorgarla y que ésta no consiste en fusionar opuestos irreductibles, sino en lograr que se den juntos.

         ¿Cómo es posible encarnar tantos contrarios superpuestos?, ¿cómo pueden en el hombre darse semejante cúmulo de abrumadoras paradojas? 

         El secreto es uno solo: no ser portador de un Cristo sin Espíritu ni de un Espíritu sin Cristo. Sino ser receptor del Aliento divino soplado por la Boca de Jesús, nuestro Orfeo, la Roca tallada por el Viento, Apolo ungido por Dioniso. 

         Sólo en ese soplido se nos concede la coincidencia de opuestos, pues es la Voz de Uno de la Trinidad y el Hálito del Otro. Y entre Ambos fraguan en el alma la forma trinitaria, haciéndola dios por participación.

         El Can Cerbero ya ha sido hechizado por el poder de la Lira de Orfeo. Su amada Eurídice ya ha sido rescatada. Sopla aire fresco en Eleusis. Las ninfas todas claman por que el Hijo de Apolo nos envié a Dioniso para que todo el Olimpo vuelva a Zeus y vuelvan a haber héroes en la devastada tierra.

         Veni Creator Spiritus!"


Diego de Jesús
Monasterio del Cristo Orante, Mendoza.


19 de mayo de 2018

EL VERDADERO PROTAGONISTA DE LA IGLESIA


VENI SANCTE SPIRITUS!

 "Permanecer juntos fue la condición que puso Jesús para recibir el don del Espíritu Santo; el presupuesto de su concordia fue la oración prolongada. De este modo se nos ofrece una formidable lección para cada comunidad cristiana.

 A veces se piensa que la eficacia misionera depende principalmente de una programación atenta y de su sucesiva aplicación inteligente a través de un compromiso concreto. Ciertamente el Señor pide nuestra colaboración, pero antes de cualquier otra repuesta se necesita su iniciativa: su Espíritu es el verdadero protagonista de la Iglesia.

     Las raíces de nuestro ser y de nuestro actuar están en el silencio sabio y providente de Dios."


Benedicto XVI, Misa de Pentecostés 2006.




Una ilustración muy querida por San Arnoldo Janssen, fundador de los Misioneros del Verbo Divino, 
quien tenía una gran devoción al Espíritu Santo. 
Un cuadrito en triángulo similar a éste
lo regalaba a las personas y familias que se consagraban 
a la tercera persona de la Santísima Trinidad. 
Muestra en el vértice la mano de Dios Padre Creador, 
la Cruz y el monograma de Cristo Redentor 
y la paloma que representa al Espíritu Santo Vivificador, 
y siete rayos que simbolizan los siete dones.
Asimismo, los tres rayos dorados y los tres círculos enlazados evocan a la Santísima Trinidad.


Frontal del Altar de la Basílica del Espíritu Santo en la Solemnidad de Pentecostés.



13 de mayo de 2018

SANTO Y SEÑA DE LA ASCENSIÓN


¡SURSUM CORDA!
¡HABEMUS AD DOMINUM!

Ni reptantes aplastados por la gravedad del suelo,
ni fláccidos fantasmas etéreos


Tímpano del pórtico real de la Catedral de Chartres (s.XIII, transición del románico al gótico)

"Cuentan los registros de la época que en tiempo de los Padres de la Iglesia, e incluso bien entrado el Medioevo, no era infrecuente escuchar a varias cuadras de la iglesia el “sursum corda!”.

¿Qué era esto? El diálogo litúrgico que el sacerdote entablaba con la feligresía al comienzo de la anáfora, sobre el umbral del vórtice abisal de la Misa.

Lo notable es que no tenía visos de ser ni el gris y apagado cumplimiento de la rúbrica ni tampoco una piadosa y melosa monición. Reseñan los anales que esos “sursum corda” retumbaban en cada aldea de la Cristiandad como la arenga de un jefe militar a su tropa, como un montado caudillo azuza a su escuadrón en los umbrales de la batalla. ¡Sursum corda!, brama voz en cuello el capitán; “¡Habemus ad Dominum!” contesta el batallón al unísono cerrando filas. Y tras eso, avanza la columna, con su jefe a la cabeza, a conquistar las almas usurpadas por el enemigo. 

El vulgo no hablaba latín, ni falta que le hacía para reconocer y amar esta expresión como santo y seña de su falange. Es más: el sursum corda, en su apretada y seca concisión, tenía el temple de un látigo, de un ascua encendida, lo que ninguna lengua bárbara o romance podía ofrecer. 

Así creció la Cristiandad: al pulso vivo de los sursum corda.
Levantar el corazón hacia el Señor: quintaesencia de nuestra Fe. No nos hace falta mucho más. Y no sólo no hace falta mucho más sino mucho menos: nos sobra mucho ropaje pesado que nos impide el vuelo. 

Porque de eso se trata: de volar a Dios.

¿Y cómo?

Es crucial entender que el sursum corda no es un imperativo irracional, voluntarista. No es una empresa de mudanza arengando a sus peones para que levanten el piano hasta el altillo. Este piano es movido, es traccionado, desde el altillo… El corazón humano es atraído desde lo Alto. 

Por eso el sursum corda es conjuratorio. 

Curiosamente no contiene ningún verbo explícito (y mucho menos, en tiempo imperativo); apenas afirma “Hacia-arriba los corazones”: y el poder mismo de la conjura enciende el alma de los fieles, que en su respuesta atestiguan el milagro consumado. Un misterioso e irresistible poder imantador se desata en la entraña del creyente impulsado hacia arriba. 

Un arriba interior, un arriba espiritual, un arriba celestial.

Y no es menudo el milagro dado que el Hombre, en su caída condición actual, es un ser rastrero. Más allá del cínico eufemismo con que gusta llamarse “homo erectus”, ha recaído sobre él la maldición del Origen: “te arrastrarás sobre tu vientre y comerás polvo”. A ese fámulo del suelo, a ese pobre y ruin incapaz siquiera de mirar por encima de su minúsculo mundito cotidiano, de otear por sobre su agostada tierra baldía... a ese se le conjura: ¡sursum corda! y cambian los vientos interiores: el gélido cierzo muerto se detiene (ese que sólo trae sequedad espiritual y lo marchita y aplasta todo) y entra a soplar el cálido austro, el apacible ábrego… ese Viento que recuerda los amores antiguos, el fervor primero, ese Viento divino que levanta los apetitos al amor de Dios y entra a aspirar por el huerto interior, trayendo las fecundas lluvias que todo lo aroman.

Cuánto anhelaba el hombre antiguo, apesadumbrado por angustias y aflicciones sin tregua, abatido por una vida áspera y dura, cuánto anhelaba que llegara el domingo y en nombre de Dios recayera sobre él el poderoso conjuro: ¡sursum corda! ¡Cómo no habría de oírse la Voz liberadora a leguas de distancia! 

Aquel reo conminado al castigo de masticar polvo era levantado a comer Pan de ángeles…

Sí: levantado, atraído, por Otro. No por sí mismo.

Pero, ¿quién opera esta tracción? ¿Quién es Ese que realiza tamaña proeza? ¿De quién es la Voz encantadora que derrama y conjura los sursum corda?

Es la Voz del Señor, la Voz de Cristo en Ascensión. Nuestro alado Juglar, nuestro ágil Cervatillo, nuestro Amado Señor volviendo al Padre.

Así como insistimos tanto en que el Verbo de Dios no se hizo hombre para hacerse hombre sino para divinizarnos, del mismo modo cabe decir que no bajó del Cielo para bajar del Cielo sino para poder subir al Cielo, subiéndonos con Él. Subió a los Cielos llevando cautivos. No vino al mundo para venir al mundo, sino para rescatarnos y llevarnos al Padre.

No es pequeña la paradoja de que en los tiempos actuales, en que tanto se ha insistido en la actuosa participación, este diálogo litúrgico carezca de fuego y brío. No sólo porque el castellano “levantemos”, opaco y pesado, dista tanto del rutilante “sursum”… sino porque se ha perdido el rumbo de la consigna, el norte al que apunta. Es más, corren penosos tiempos en que este levantar, este “elevarse” es hasta mal visto por desencarnado, por arrogante, elitista; por volado, sin compromiso.

La ingravidez tiene muy mala prensa hoy. 

Bajo la falaz dialéctica de “abajar el corazón hacia el hermano” se procura apagar la magia del sursum corda.

Aunque tal vez haya que coincidir con el mundo en la fobia a la ingravidez. Pues lo nuestro no es anular la gravedad sino invertirla, que la masa del sólido Cielo ejerza su intensa atracción y nos gravite sobre sí. Como, en arras, lo hacen tan bien el incienso y el fuego. 

Ni reptantes aplastados por la gravedad del suelo, ni fláccidos fantasmas etéreos: lo nuestro es el terso y grácil porte de quien está tensado al Cielo, así como una marioneta vive de arriba, es erguida desde arriba.

Sursum corda es el santo y seña, es la clave, la consigna, para dejarnos arrebatar y atraer al Cielo. Y es ésa la hermosura más excelsa de la vocación recibida, y en la que debería írsenos todo deseo, todo empeño, todo orante anhelo: dejarme arrebatar por Aquel que pasa en su carro alado: Cristo en ascensión. 

Su paso es furtivo (¡es la Pascua, es la Pascua del Señor!). Como un ave rapaz se echa raudamente sobre su presa para remontarla, así el Señor con nosotros. 

El Dios que se encarnó sin ti, no sube a los Cielos sin ti.


Diego de Jesús
Monasterio del Cristo Orante, Mendoza.

12 de mayo de 2018

SURSUM CORDA


“QUE SE ALCEN LOS PORTONES
QUE SE LEVANTEN LOS DINTELES
QUE SE ABRAN LAS ANTIGUAS COMPUERTAS:
VA A ENTRAR EL REY DE LA GLORIA”
(Cfr. Ps XXIII)


“Beda el Venerable, monje inglés muerto en el 735, cuenta, en sus crónicas de su viaje a Tierra Santa, que la noche de la Ascensión, el monte de los Olivos parecía estar encendido en fuego, de la cantidad de cristianos con antorchas que a medianoche subían para esperar la aurora rezando, todos orientados hacia el Saliente, festejando así esta entrañable fiesta.

Patriarca y clero; monjes y oblatos; hombres, mujeres y niños. Cientos, miles: todos en unívoca dirección de cara al Cielo, donde las nubes habían sido rasgadas por la Carne del Logos al penetrar las entrañas mismas de Dios, instalando a la Humanidad en los interiores de la Vida intratrinitaria. Y que prometió que del mismo lugar lo veríamos regresar.

La Cabeza –como ocurre en los partos– había salido del estrecho útero del mundo creatural para respirar el Aire increado. Y nosotros, su Cuerpo, los pies de esta Cabeza (diría Crisóstomo), habíamos iniciado el vuelo esponsal, sobre las plateadas alas del Águila de oro puro.

En este imponente Suceso –histórico y metahistórico a la vez– miríadas de ángeles avisan a las demás Potestades que alcen los portones, que levanten los dinteles, que se alcen las antiguas compuertas; pues va a hacer su entrada triunfal el Rey de la Gloria. ¿Y quién es ese Rey de la Gloria? –atreve algún Querubín. Jesucristo, el Señor –avisa con tono grave san Miguel. El Señor de los ejércitos, el héroe valeroso, vencedor del Enemigo.

Así se inaugura la Liturgia celestial, la única Realidad, cuyas sombras y figuras configuran nuestras liturgias terrenas.

Y anota san Ambrosio: “los mismos ángeles se maravillaron de este Misterio. Cristo Hombre, al que vieron poco antes retenido en estrecha tumba, ascendía hasta lo más alto del Cielo. El Hijo regresaba vencedor, cargado de una presa desconocida, de un curioso botín conquistado a la Muerte. No, ¡no es un mero hombre el que entra, sino el Mundo entero en la Persona del Redentor de todos!”

Sí: el mundo entero, anidado en el Costado inmenso de su Esposo y Señor, sube como incienso a Lo Abierto de la Inmensidad divina; a la majestuosa intemperie de un Dios desmesurado”.

"¡Sursum corda! ¡Llévanos tras de Ti!"


El athonita



La oración colecta de la solemnidad de la Ascensión del Señor lo expresa con precisión y unción:

Concédenos, Dios todopoderoso,
darte gracias con santa alegría,
porque en la ascensión de Cristo, tu Hijo,
nuestra humanidad es elevada junto a Ti,
ya que Él, como cabeza de la Iglesia,
nos ha precedido en la gloria
que nosotros, su cuerpo, esperamos alcanzar.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo
que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios, por los siglos de los siglos.



ASCENSIÓN DEL SEÑOR



EN LA SOLEMNIDAD DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR


En la cumbre del monte de los Olivos se encuentra el Edículo de la Santa Ascensión (s. IV) donde la tradición señala el lugar donde Cristo ascendió a los cielos.

Acercándonos a la culminación del tiempo pascual, a los cuarenta días de su Resurrección, el Señor asciende a los cielos (Hch.1,10)

Y la Iglesia canta gozosa, en la Liturgia de este día, unas estrofas plenas de significación:

“Renaciendo a nueva vida,
nos convida
a vivir -ya desde el suelo-
para el cielo:
es la gloria del Maestro,
triunfo nuestro:
surgiremos jubilosos
y gloriosos.”




En un ángulo del claustro románico del Monasterio de Santo Domingo de Silos (s. X) 
dos relieves que representan la Ascensión y Pentecostés.

10 de mayo de 2018

¡NO REPTEN!

"Ya que ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bienes del cielo donde Cristo está sentado a la derecha de Dios. Tengan el pensamiento puesto en las cosas celestiales y no en las de la tierra.  (Col 3, 1-2). 


Monte Tabor

Que Cristo descendió para ascendernos, 
se empobreció para enriquecernos, 
se humilló para elevarnos.

Que Dios se hizo hombre para divinizarnos, ¡no para humanizarnos!

¡No repten!, 
¡no se contenten con un cristianismo rastrero; 
¡remonten vuelo!, 
¡que han sido creados para las Alturas!”.

9 de mayo de 2018

CARIDAD Y FILANTROPÍA


LA FALSIFICACIÓN DE LA CARIDAD
El supuesto amor humano sin Dios es el peor enemigo del hombre, por lejos. Es el lobo con piel de cordero, la más aberrante denigración del hombre bajo el ropaje de dignificación.



"Para entender el cristianismo (en sus verdades y en sus bondades, en su doctrina y en su estilo concreto de vida) es imprescindible remontarse a las entrañas mismas del misterio íntimo de Dios. A los interiores de Dios, diría Vermeer; los adentros de Dios.

Como ante aquellas películas de trama muy intensa e intrigante, en que es crucial prestar mucha atención a los sucesos de los primeros minutos… pues si no, no se entiende nada, del mismo modo, quien no presta atención al Origen de nuestra Fe, no entenderá nada.

Un cristianismo sin Trinidad es como una gallina degollada, que sigue andando a los tumbos sin rumbo ni sentido ni sobrevida.

Nuestro Señor, en el capítulo XV de san Juan, lo pone en clave vitivinícola: un racimo de uva y el sarmiento que lo sostiene nada son sin la cepa de que provienen. Ella, la cepa, echando sus raíces en un suelo muy concreto, es la que hace posible el vino. No hay vida propia en la uva, ni hay vida propia del sarmiento: la vida de ambos es la vida de la cepa, de la vid.

Y tras expresarlo con la imagen del viñedo, lo dice del derecho, in recto, sin parábolas: es el amor interno de la Vida misma de Dios, es la inefable entrega irrestricta e infinita con que las Personas divinas se miran, se escuchan, se aman, se donan Unas a las Otras, es esa dinámica intratrinitaria la única Fuente del Amor verdadero.

La única usina de la Caridad.

“Fuera de la Iglesia no hay Salvación” porque “Fuera de la Trinidad, no hay Amor”.

Sólo porque Uno de la Trinidad, el Hijo, tomó nuestra Carne, nuestra carne tiene conexión, acople, injerto posible en esta Savia intradivina. Y así nos es posible lo, en principio, por completo imposible: que por mis venas corra este dinamismo de entrega con que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo se aman Unos a Otros.

Ellos no hacen de mero “modelo a imitar”, no, no: el Amor de Ellos es el Flujo real y contundente que corre por mis pensamientos y sentimientos, mis pasiones y emociones, mi mente y mi corazón… si es que prendió el injerto.

Esa (y no otra) es la Caridad cristiana. Y si no es esa, es una quimera, un embuste, una impostura.

El drama tremendo y escalofriante es que “al amor le han usurpado su nombre”, en palabras de santa Teresa. Y hoy a cualquier sentimiento se le designa con el nombre de amor, o incluso a cualquier modo de filantropía o de afecto por las mascotas. El griego distingue bien tres términos diferentes para el cariño, para el afecto y para la caridad… que las lenguas actuales terminan homologando bajo el mismo término del amor, para confusión y caos de todos.

Y esto es tremendo pues el resultado es la falsificación más atroz del cristianismo. La más atroz por dos razones: por dar en el centro más meduloso de su identidad y porque la falsía, la falsificación está muy lograda: es decir, se le parece mucho. Como el más esmerado billete falso.

Y urge aquí la pregunta: ¿por qué es tan mala, tan perversa, una filantropía sublunar sin la Caritas intratrinitaria? ¿Acaso no puede ser un camino ascensional hacia Ella? O aunque no recorriera esa ascensión, ¿qué mal puede seguirse de un afable y gentil gesto de amor fraterno sin raigambre en el Amor de Dios?

Por un lado hay que decir que el primer problema es el de la “usurpación de nombre”. Que si la filantropía inmanente no tuviera pretensiones sobre la voz “caridad”, todo sería un poco más serio y justo. No obstante no se trata tan sólo de una guerra semántica, de un reclamo lingüístico.
Y es que ese racimo y ese sarmiento que no crecen desde el injerto, “dan uvas agraces”, como dice el Profeta. No es que tan sólo dé menos uva, sino que da mala uva, que envenena y hace caer los dientes todos, según grafica el Profeta.


Lo llamado a ser óptimo deviene pésimo.

Lo vemos, con escalofriante realismo empírico en la cultura actual, tan embanderada en la solidaridad y fraternidad... sin Dios.

Esa ONG pagana abocada a tareas de auxilio y asistencia al desvalido no es que “se quede a mitad de camino”, sino que toma otro camino, que conduce derecho al más oscuro y sórdido de los infiernos.

Sin el Amor divino, el “amor” fraterno, al poco de germinar y fructificar, se torna el más ponzoñoso de los venenos. No es casual que esa ONG nacida para consolar a los viejitos desamparados es la misma que termina inyectándoles aire defendiendo la eutanasia. No es mera coincidencia que la misma UNICEF que procura luchar contra la desnutrición infantil promueva matar a los niños en el vientre de sus madres.

Y esto mismo que ocurre con las instituciones es lo que se da en el corazón de cada hombre.

Va de nuevo: la filantropía sin Dios no queda a mitad de camino sino que cae en el abismo.

El Señor nos lo intenta decir mil veces, por activa y por pasiva, pero no hay caso, no lo entendemos. Hoy vuelve a la carga: ojo con la amistad humana, meramente humana. No está a medio camino sino descaminado. No es una verdad a medias sino una mentira. Como un billete falso no vale un poco menos que el verdadero, ni tan siquiera vale cero, sino que vale negativamente lo que un delito.

Ojo con la filantropía, con la acción social desgajada de la divina Cepa, pues no les dará un poco menos de uva, sino un vinagre que enferma y destruye.

Ni siquiera es un billete falso, sino una falsa billetera, diría Guide, que adultera todo cuanto se guarda en ella.

Los antiguos ya decían que la corrupción de lo óptimo es lo pésimo (corruptio optimi, pessima). La corrupción, la degeneración de la Caridad nos arroja en el más monstruoso de los escenarios posibles. Por eso, por encima de cualquier otra prevención y lucha, más que de tal o cual salvajada silvestre, nada debe alarmarnos más que el supuesto amor humano sin Dios: es el peor enemigo del hombre, por lejos. Es el lobo con piel de cordero, la más aberrante denigración del hombre bajo el ropaje de dignificación.

Volvamos incansablemente nuestros ojos al hondón mismo de la Vida interior de Dios, a esos Tres que en el mismo pulso con que se aman y entregan Unos a Otros irrigan la vida del Cuerpo de Uno de Ellos, que somos nosotros, minúsculos humanos injertados en el Amor Increado.

Amemos a Dios y al prójimo con el Amor de Dios derramado en nuestros corazones.

Lo demás, más que vanidad de vanidades, es atrocidad de atrocidades".

Diego de Jesús
6 de mayo 2018

Monasterio del Cristo Orante, Mendoza.